Con ganas de volar

Desde  pequeña siempre he sentido pasión por viajar, por conocer nuevos lugares y nuevas culturas. Y ahora también sueño con ello. ¿Por qué? La verdad es que no tengo una respuesta concreta. Tal vez, la razón principal es porque de niña nunca imaginé que hacerse mayor consistiera en tener un trabajo en el que pasar 8 horas diarias frente a un ordenador… Mis héroes no hacían esas cosas. Quería ser como Indiana Jones y descubrir templos perdidos, dar la vuelta al mundo como Willy Fogg, o incluso poder volar como Peter Pan y recorrer Nunca Jamás. Con el tiempo llegué a aceptar que tal vez lo primero y lo último sería complicado de conseguir, puede que incluso imposible, pero nunca cerré la puerta a imitar al héroe de Julio Verne (aunque sin apuestas de por medio).

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La verdad es que yo me inicié tarde en esto de los viajes al extranjero. Mis padres son de los que aprovechan el verano para ir al pueblo o a la playa, pero nunca han sido excesivamente viajeros, así que no fue hasta la universidad y el descubrimiento de Ryanair que empecé a viajar.

¡Qué gran descubrimiento! Elegíamos el lugar en función del precio, nos daba igual. Lo unico que queríamos era viajar, y para eso lo mismo daba Roma que Dusseldorf, si con el segundo conseguíamos ahorrarnos unos cuantos euros. Me encantaba la sensación de aterrizar en un lugar completamente nuevo y el reto de encontrar el lugar para dormir y de entenderse con la gente. Todo parecía un juego, un juego cada vez más divertido. Roma, Berlín, Londres, Amsterdam, Trondheim, Oslo, Bratislava… y algunos más fueron los primeros lugares que empecé a descubrir.

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Más tarde, al acabar la carrera tuve la suerte de encontrar un  trabajo que me permitía seguir los pasos de Willy Fogg, aunque más bien era una copia barata. De esta forma y gracias a eso, durante los últimos años he podido vivir 4 meses en Suiza, 3 en Finlandia y 2 en Francia. También he podido viajar a países que nunca pensé visitar como Corea del Sur, Mozambique o Cabo Verde.

En Suiza descubrí las montañas, perdón, quería decir MONTAÑAS, con mayúsculas. Me enamoré locamente de los Alpes, de los trenes que conectaban cada rincón del país con una puntualidad increíble, del queso y del chocolate. Trabajaba de lunes a viernes, y los fines de semana me levantaba a las 6 para poder unirme a rutas que se hacían con los Alpes, quería empaparme de ellos, conocer todos los rincones posibles en esos meses que iba a estar por el país.

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Luego me tocó irme a Finlandia y allí cambié las montañas por la sauna, los lagos helados y la nieve. Quería recorrer todos los rincones de ese país tan diferente al mío, sin embargo, tiempo y dinero jugaban en mi contra, debía trabajar y eso hacía que el tiempo disponible no fuera tanto. Así siguieron pasando otros destinos: Corea del Sur, Austria, Cabo Verde… Y llegó el momento de decidir un viaje sin excusas de trabajo, de poder irme 15 días (sí, solo 15 días) al lugar que yo quisiera y ser libre, sin ninguna responsabilidad durante los días que estuviera allí. Y tocó Mozambique. En Mozambique pude finalmente saborear viajar tranquila, a otro ritmo, sin responsabilidades que justificar a la vuelta. Se me hizo corto, demasiado corto. Me dí cuenta que no quería volver a la rutina de trabajo y ordenador, que quería alargar esa sensación por un tiempo indefinido, hasta que fuera yo y no mi trabajo quien dijera que tocaba volver…

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Con todos los estos viajes he conseguido darme cuenta que cada vez siento más que un trabajo que te permite viajar en periodos cortos y controlados, no es suficiente. Al menos, que no lo es para mí. Que no quiero convertirme en alguien que espere ansionsa las vacaciones para poder dejarse llevar por la no rutina y viajar. No quiero tener solo 1 mes al año para poder hacer lo que realmente me apasiona, es triste.

Por eso un día, en esos momentos en que empiezas a sentir que todo el mundo a tu alrededor empieza a madurar, decidí que aún no era mi momento, que yo no quería morir a los 30′. Si madurar es aceptar un trabajo que no te llena pero que te permite llegar a final de mes y poder disfrutar de ciertas comodidades; si es dejar atrás los sueños de dar la vuelta al mundo y cambiarlos por pequeñas escapadas en las vacaciones, entonces yo no estoy preparada para hacerlo. Yo quiero ser como los otros nómadas que han pasado ya por este blog y a los que tanto admiro.

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Por eso, este año se acabaron los viajes. Este año me quedo en Valencia, estudiando un máster para ser profesora (otra de mis pasiones, junto a la de viajar), y para ahorrar. ¿Para qué? Para dar la vuelta al mundo en el plazo de un año. En enero de 2017 empezaré mi viaje con billete solo de ida para hacer por fin de mi vida una gran aventura. Como máxima que guíe mi viaje, la frase de Mark Twain:

“Dentro de 20 años lamentarás más las cosas que no hiciste que las que hiciste. Así que suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.”

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Yo no quiero lamentar nada. Mientras tanto, he creado Gastando Suela, un blog en el que podréis seguir las aventuras que vendrán, los preparativos, los viajes pasados y sobre todo, podéis darme consejos (esto último se agradece mucho).

¡Gracias por leerme y por darme la oportunidad de presentarme en este rincón!  

Sara Segura

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