Viajar nos hace pobres

Para muchos, viajar es sólo eso. Un proceso que llega a ser repetitivo en el que con ilusión uno planifica el viaje, con excitación prepara la maleta para finalmente olvidarse de que está viajando el día de la partida, sin dejar de escuchar las voces de nuestro ego que ansía por volver a su zona de confort. Viajar se convierte entonces en un paso más que damos en nuestra penosa existencia.

Pero viajar no es eso. Viajar es abrir los ojos al mundo y dejar que el mundo nos abra los mismos ojos a la belleza, al amor, a la comprensión de los demás, a la compasión. Viajar nos salva la vida. 

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Viajar es volver al origen de donde somos, es entrar en contacto con la naturaleza, que es la que devuelve el sentido a nuestro eterno devenir sin techo, pues es en la naturaleza en único lugar en el que nos tratamos de mimetizar con aquellos que echan raíces. Somos naturaleza y en nuestra esencia está dejar de serlo.

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Viajar es dejar de ser lo que somos 40 horas a la semana y lo que pretendemos ser el resto del tiempo. Viajar se convierte en un torrente de agua que desgasta la carcasa falsa que nos envuelve, que nos arranca las ropas que llevamos. Viajar nos deja desnudos en el mundo, nos despoja de todo eso que un día creímos esencial y nos coloca un espejo ante nosotros en el admirar lo bellos que somos.

Viajar nos hace pobres porque nos enseña a vivir sin nada y borra de nuestra mente todos esos apegos que convirtieron nuestra existencia en miserable. Viajar nos hace buenas personas y nos arranca de una bofetada los prejuicios, juicios y valores. Nos enseña a existir sin ideologías, religiones, nacionalidades.

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Roberto D. Jr
NOWMada

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